Al-Khalil: La ciudad fantasma

August 23, 2018

 

La calle principal está abarrotada de gente. El bullicio de los transeúntes muere abruptamente frente a tres bloques de hormigón estratégicamente colocados para proteger el checkpoint que conecta con el casco antiguo. No existe libertad de movimiento. Los checkpoints funcionan como puentes levadizos del medievo: no se pueden franquear, salvo que te permitan el paso desde dentro. Eso sí, los dispositivos de control israelíes son algo más complejos. Un muro de rejas, que asciende hasta el techo de los edificios anexos, corta la calle. La única vía de acceso es una puerta giratoria monotorizada por los soldados. Varias cámaras de vigilancia dispuestas en batería les permiten tener control total sobre la calle y sobre quienes pretenden cruzar hacia la zona ocupada. Inmediatamente detrás, hay una caseta con una pequeña “torreta” de vigilancia donde aguardan los soldados. No es posible acceder sin ser visto. Para cruzar, debes detenerte frente a la puerta giratoria y esperar el "okey" de los soldados, superar el control de pasaportes y pasar por un detector de metales. En ocasiones, los palestinos deben atravesar varios checkpoints para salvar distancias mínimas. Lo cual puede llevarles horas de retenciones. No importa si tienen un exámen en la universidad. No importa si tienen que llegar al trabajo. No importa si van al hospital. No importa si han quedado con amigos. El ejército puede retenerlos sin motivo alguno, tanto tiempo como deseen e, incluso, impedirles pasar. Y, de hecho, lo hace.

 

En 1997, tras la firma del Protocolo de Hebrón por Yaser Arafat y Benjamin Netanyahu, el casco antiguo de la ciudad fue ocupado por el ejército israelí. Este área, clasificada como sector H2, abarca el 20% de la superficie total de Al-Khalil (Hebrón). El 80% restante queda bajo control de la Autoridad Nacional Palestina. El centro histórico se ha convertido en una zona fantasma altamente militarizada. Las calles que, hace apenas unas décadas, albergaban la vida comercial de la ciudad, ahora están desiertas. Cada pocos metros, encuentras grupos de soldados paseando con sus fusiles de asalto. De vez en cuando, un coche de matrícula israelí rompe el silencio reinante: se dirige a los asentamientos de colonos. Todas las puertas de las casas han sido soldadas por el ejército israelí, para impedir que la gente entre o salga de ellas y, así, hacerlas inhabitables. Muchos palestinos han tenido que huir a la zona no ocupada de la ciudad. Pasear por estas calles supone una amenaza directa para su seguridad. Nuestro guía nos relata cómo muchos palestinos se ven forzados a saltar, de ventana en ventana, atravesando los bloques de edificios para avanzar por la ciudad sin ser vistos. 

 

En mitad de una plaza se alza un campamento base del ejército. Varios militares conversan bajo tenderetes de campaña, mientras otros montan guardia. Frente a ellos, un colegio. La puerta y los muros del centro están rodeados con alambre de espino. Al otro lado de la calle, la calzadada está dividida por una alambrada. El lado amplio está reservado para los israelíes, mientras que los palestinos deben caminar por el estrecho. A unos metros de la plaza, queda la mezquita de Ibrahim, lugar donde Baruch Goldstein, colono neoyorkino, cometió un atentado terrorista el 25 de febrero de 1994, en pleno ramadán. Goldstein, entró armado a la mezquita, durante la hora del rezo, y asesinó a veintinueve palestinos, hiriendo a otros cientos.

Además, cuatro palestinos más fueron disparados por soldados israelíes mientras protestaban en las calles. Por su parte, Israel negó atención médica a los heridos del atentado. A su vez, el ejército israelí impuso toques de queda contra la población palestina (según ellos, para garantizar la seguridad de los colonos) y aumentó las medidas represivas, mientras que los colonos conservaron su libertad de movimiento (así como su derecho a portar armas). A día de hoy, Goldstein sigue siendo considerado un héroe nacional dentro de Israel, consagrada su tumba como lugar de peregrinación para sionistas de todo el mundo. Tras el atentado, Israel tomó militarmente la mezquita de Ibrahim y la clausuró durante varios meses, convirtiendo la mitad del templo en una sinagoga. Nuestro guía nos insta a entrar. El ejército israelí es el encargado de controlar el acceso a la sinagoga. Cuando nos acercamos al primer control militar, una soldado nos grita “¿Sois musulmanes?”. Los musulmanes tienen prohibida la entrada. Al llegar al segundo control, un soldado armado revisa nuestro pasaporte. Junto al soldado, un cartel recuerda que no está permitido acceder armado al templo. Tal como Goldstein hiciera hace veinticuatro años. Una vez dentro, un rabino nos habla sobre las siete leyes de Noah. La tercera ley reza: “No matarás”. Numerosos soldados leen la toráh a nuestro alrededor; sobre sus cabezas, permanecen los versículos coránicos inscritos en las paredes de la mezquita.

 

Salimos del área ocupada por una calle que desemboca en el zoco. Nos topamos con varias calles tapiadas por muros y alambradas. Si alzas la vista, puedes ver sobresalir torretas de vigilancia entre los tejados. Paulatinamente, el casco antiguo de Al-Khalil (y sus alrededores) se ha ido convirtiendo en una cárcel. No puedes moverte sin ser visto y, por supuesto, no puedes salir sin permiso. Las callejuelas del zoco se encuentran guarecidas bajo redes de alambre, colocadas por los propios palestinos: tratan de protegerse de las piedras, vertidos (fecales, urinarios, etc.) y demás residuos que los colonos arrojan sobre sus cabezas. Los colonos han ocupado los pisos altos de los edificios que dan al zoco y hacen cuánto está en su mano por imposibilitar la vida a los palestinos. De este modo, pretenden forzar a la población a huir de sus hogares.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

En el casco antiguo hay cuatro asentamientos interconectados (Giva Ha'avot, Givat Harsina, Kiryat arba' y Beit Haggai) donde viven unos diez mil colonos judíos. Israel mantiene cerca de mil quinientos militares en la ciudad para garantizar, supuestamente, la seguridad de los colonos. La colonización de Al-Khalil comenzó en 1967, cuando grupos judíos comenzaron a ocupar casas y hoteles de la ciudad, bajo la connivencia del gobierno israelí. Desde los años setenta, Israel pasó a financiar y legalizar los asentamientos, desarrollando políticas activas para aumentar el número de colonos y, por ende, expandir su superficie. La impunidad de la que gozan los colonos judíos se refleja en las constantes agresiones físicas y verbales que infligen a la población palestina, sin consecuencias legales significativas. Desgraciadamente, estos actos terroristas cuentan con la permisividad y el beneplácito del ejército y el parlamento israelí. La sociedad palestina de Al-Khalil enfrenta esta situación de ocupación, apartheid y opresión a través de movimientos populares como Youth Against Settlements (Juventud contra los Asentamientos) o el Somod Center, en un intento por devolver las calles del área H2 a la población local.

 

 

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