DHEISHEH CAMP

Dheisheh. Uno de los campamentos de refugiados creados tras 1948. Más de 13000 personas viviendo en un espacio menor a 1 km2. Miles de despojados de sus hogares, que vieron sus vidas marcadas por una guerra que sigue hoy viva en sus corazones. Nos invita uno de sus habitantes a escuchar las historias que nos susurran las paredes. H. nos cuenta la historia de su familia. Resuena en la memoria de su abuelo el momento en el que abandonaron sus 3 casas y su granja familiar, creyendo, como muchos otros miles de palestinos, que un par de semanas bastarían para volver a su vida anterior. Llegaron únicamente con la llave de su antigua casa a un sitio totalmente desconocido, desprovisto de cualquier signo que les reconfortara de una pérdida tan grande.

Cerrad los ojos. Ahora, imaginad la calle más estrecha que hayáis visto. Una calle bañada en blanco roto. A vuestra derecha, una casa que os tapa la luz del sol. A vuestra izquierda, un cubículo de 3x3 metros. Este es tu nuevo “hogar”. ¿Cómo te sientes? Vivir hasta 1976 sin electricidad. Vivir hasta la década de los 90 sin agua corriente. Vivir con reservas de agua almacenadas en tanques, porque el agua corre, con suerte, cada 15 días. ¿Vivir? Llamémoslo sobrevivir.

Paseamos entre esbozos de opresión y sombras de vivencias pasadas que caminan por las quebradas calles del campamento. A cada paso que dábamos, el nombre de algún joven refulgía en la voz de H. Víctimas de incursiones en casas, disparos a destajo, ahogos en mares de gas pimienta. La muerte a la orden del día. Estos eran los Mártires. Personas perdidas por un sistema que se encarga de sajar el futuro de un pueblo. Nombres que se quedan en el recuerdo. Un recuerdo que les da fuerza para no olvidar que esta es una lucha que deben librar.

“Hoy estamos festejando que ayer soltaron a un chico que llevaba 13 años en la cárcel. Tenía 17 años en aquel entonces, y tenía el sueño de ir a Jericó para convertirse en mecánico. Después de estos años, ni siquiera reconocía a sus hermanos, a quienes dejó siendo muy pequeños.”. Saben cada detalle de cada vida perdida, cada historia quebrantada. Y es que, sin memoria, no quedan raíces en los que refugiarse. Sin memoria, no encontramos razones para soñar. Sin memoria, no sabemos quién somos. Por eso, este pueblo RECUERDA.

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