KUNAFA AGRIDULCE

August 26, 2014

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Doy un último trago de agua al vaso para quitarme el dulzor del kanafer de la boca, nos levantamos de la silla, pagamos los 5 sekels que cuesta este empalagoso manjar y nos sumergimos, de nuevo, en las calles de Nablus.  A pesar de llevar aquí casi dos semanas me sigue sorprendiendo la amabilidad de los conductores cuando, sin que haya ninguna señal que se lo ordene, te dejan cruzar la calle con una sonrisa en sus labios y un pie en el freno; este pequeño gesto, como otros cientos, forman parte del caos ordenado que configura esta ciudad. Sus puestos de fruta ambulante, sus aceras improvisadas, su aliento nocturno de jazmín,  hacen que tu brújula interna confunda el norte con el sur y que no sepas prever con certeza por dónde va a salir el sol al día siguiente, pudiendo sólo centrarte en paladear cada uno de los pasos que das por sus calles.

Como es habitual, de camino al centro juvenil intercambiamos dos o tres bromas con nuestros alter ego palestinos,  K, R, Z, Y y G. Cada vez que suelto alguna bravuconada mi cuerpo se mantiene en tensión hasta que veo asomar la carcajada en sus gargantas; en las dos semanas y 1347 chistes que llevamos juntos todavía no ha habido uno sólo que les haya disgustado.

Llegamos al portal y tras pasar el piso donde conviven una tienda de ropa china y un restaurante semi-lujoso, llegamos al centro socio-cultural-juvenil, donde nos recibe en el umbral un Guernica portando banderas palestinas que observan como Gaza se desangra a ojos de toda la humanidad que, enmudecida,  asiste a este horrendo espectáculo.  El ala izquierda del piso, la conforma una sala de reuniones, con dos pequeñas habitaciones, una de las cuales guarda un piano de cola desafinado del que sólo puede sacarse, y a regañadientes, un triste cumpleaños feliz.  El ala derecha, es el centro cultural, con una sala de conferencias con la frase de Palestina Libre tatuada en sus cuatro costados y con dos pequeñas puertas de las que emergen, espontáneamente y sin previo aviso, jóvenes con ojos ávidos de curiosidad que se precipitan en intercambiar un saludo y, tras averiguar que eres de España, la pregunta de cortesía: ¿Madrid o Barcelona?

Tomamos asiento en ésta y un hombre canoso con gafas de unos recientes 60 años se sienta entre nosotros. Fuma en portacigarros y mientras sus ojos escudriñan y su cuello asiente, su hemisferio cerebral derecho echa humo traduciendo del árabe al inglés y del inglés al árabe lo que oye y dice. Y así, sin escenarios, ni tarimas, ni presentaciones con miles de títulos, que hablan de la ancestral sabiduría de la persona que expone, empieza la charla. Como en todas a las que hemos asistido, ésta comienza con una pregunta: ¿En qué os puedo ayudar? Y ante el silencio de la audiencia, empieza a relatarnos cómo surgió el conflicto palestino-israelí.

En esta ocasión el principal protagonista de nuestra ponencia es el neo-colonialismo e imperialismo. Ya sea con el gobierno británico, en un principio, o con el estadounidense, hoy en día, en esta tierra de paso siempre han confluido fuertes intereses político-económicos que han acabado anteponiéndose a los derechos humanos de las personas que la habitaban. Y es que aunque se les señale con un foco, la distancia respecto al conflicto acaba borrando la sombra de su responsabilidad. El resto del mundo con cada nuevo muerto por el conflicto, nos deformamos cada vez más, siendo ya difícil reconocernos en un espejo.

Y al finalizar la charla y su cigarro, el hombre concluye, a pesar de todo lo que nos cuenta y desde lo más profundo, que la Paz llegará a Palestina y que ésta volverá a ser como antes. No es que reclame la tierra de la actual Israel para Palestina, es consciente de que la tierra no le pertenece a nadie, ni haya ninguna potestad que te otorgue el derecho a admitir o excluir gente de sus fronteras. Lo que anhela es, al igual que las X personas en campamentos de refugiados, de las que viven en Cisjordania y de las que emigraron a otros países poder viajar de una ciudad a otra sin miedo de pasarte horas en un checkpoint, de poder lavar sus heridas con el agua del mediterráneo, y de poder hundir sus huesos para siempre en una tierra que no hace mucho, les vio nacer.

Y aunque cada vez vivan en un espacio cada vez más reducido, aunque con cada año que pasa su situación humanitaria sea cada vez peor, aunque los medios de comunicación mundiales parece que se olviden de ellos cuando no hay masacres con miles de muertos; la esperanza de volver a enterrar sus pies en su tierra es sincera y firme, se refleja en sus ojos y en la forma que dicen: volveremos. Y siento que no compartir esta certeza sería una traición que no podría perdonarme.

Tras terminar la charla llega el turno de preguntas. Como otras veces, no dejamos que el silencio incomodo se acomode entre nosotros, sino que lanzamos nuestras preguntas y esperamos que el interlocutor las responda entre cigarro y cigarro. Y abriéndose paso a través del cuerpo de una muchacha con la que no habíamos intercambiado más de dos palabras tras una semana de convivencia, surge la inquisidora pregunta: “todo el rato usted ha estado hablando de habitar en los territorios palestinos de 1948 y 1967 pero, ¿de verdad no piensa en regresar a la Palestina anterior a la creación del Estado israelí?” Lo que más me llamo la atención de esto, no fue ni la pregunta ni la respuesta, sino que quedó otra vez sobre relieve la dualidad constante que fragua el día a día de los palestinos con los que convivimos.  Ya sea a modo de un momento acechante o de un ardor continuo.

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